Juan García Sentandreu
Els mosáraps valencians: custodis del romanç
Juan García Sentandreu
Els mosáraps valencians: custodis del romanç
Juan García Sentandreu
Director del Aula Colombina de la Real Academia de Cultura Valenciana RACV
Este artículo
defiende la existencia de un sustrato romance autóctono en las tierras
valencianas anterior a la conquista de Jaime I en 1238. Partiendo de la
evolución territorial del latín vulgar, se analiza la continuidad de la
población hispanorromana durante las épocas visigoda y andalusí, así como la
conservación del romance entre comunidades mozárabes y sectores islamizados de
origen autóctono. Las jarchas, incorporadas a moaxajas árabes y hebreas de los
siglos XI y XII, se presentan como testimonios excepcionales de la
supervivencia de una oralidad romance en el mundo andalusí y, particularmente,
en el ámbito cultural del Sharq
al-Ándalus. El estudio aborda también el valor de la toponimia, las
limitaciones del Llibre del Repartiment
como instrumento demográfico y lingüístico y la heterogeneidad de los
repobladores llegados después de la conquista. Finalmente, se destaca la
trascendencia de la versión romance de los Fueros valencianos y de las
disposiciones que ordenaban emplear el romance en sentencias judiciales y
recetas médicas. Se concluye que 1238 significó el nacimiento político del nuevo Reino cristiano de Valencia, pero no necesariamente el nacimiento oral de su lengua, cuya
formación debe entenderse como un largo proceso de continuidad, contacto y
transformación.
Palabras clave: lengua valenciana;
romance valenciano; mozárabe valenciano; jarchas; Sharq al-Ándalus; Balansiya; Jaime I; Fueros de Valencia; lengua
plana; repoblación medieval; Llibre del
Repartiment; continuidad lingüística.
El origen
histórico de la lengua valenciana constituye una cuestión que no puede
reducirse al fenómeno repoblador posterior a la conquista de Jaime I. La
formación de una lengua romance es siempre el resultado de una evolución
secular: comienza en el siglo V con la transformación territorial del latín vulgar, continúa
mediante su transmisión oral y se enriquece a través del contacto con otras
lenguas y culturas. Desde esta perspectiva, resulta difícil sostener que el
romance valenciano apareciera súbitamente en 1238, desligado de la población y
de la historia lingüística anterior del territorio.[1]
El presente
artículo examina la continuidad entre el latín vulgar de la antigua Valentia, los romances hablados en la Balansiya andalusí y la lengua que,
después de la conquista, alcanzó reconocimiento jurídico en el Reino de
Valencia. Para ello se consideran conjuntamente la permanencia de la población
hispanorromana, la existencia de comunidades mozárabes, el bilingüismo de sectores
islamizados, el testimonio de las jarchas, la conservación de la toponimia, el
alcance real de la repoblación y, especialmente, la temprana utilización del
romance en los Fueros valencianos.
La tesis
defendida es que la conquista de 1238 no creó una lengua inexistente, aunque sí
modificó su marco político, demográfico y cultural. Las
aportaciones aragonesas, catalanas, navarras, occitanas y castellanas
influyeron indudablemente en su evolución, pero lo hicieron sobre un territorio
que no carecía de tradición romance y con una lengua que era el resultado de siglos de evolución oral desde el rompimiento del latín en el siglo V. Las jarchas representan el testimonio
poético de aquella oralidad romance valenciana prejaimina (Siglos IX al XIII); la versión romance de los Fueros y las
disposiciones sobre sentencias y recetas constituyen su primer gran
reconocimiento jurídico e institucional.
La lengua
valenciana no nació en 1238 al paso de los caballos de Jaime I. Cuando el rey
conquistador entró en Valencia no encontró una tierra muda, despoblada ni
lingüísticamente virgen. Encontró una sociedad antigua, heredera de Roma,
enriquecida por siglos de civilización andalusí y habitada por musulmanes,
cristianos y judíos que utilizaban el árabe, el hebreo y, sobre todo, el romance valenciano como lengua popular de cohesión e integración.
La conquista de 1239 creó un nuevo reino cristiano y transformó sus instituciones, pero no pudo crear de la
nada la lengua de todo un pueblo. Las lenguas no desembarcan formadas con los
ejércitos ni nacen mediante un reparto de casas y heredades. Se forman durante
siglos en la vida cotidiana: en los campos, en los mercados, en los hogares y
en las canciones transmitidas de madres a hijas.
La lengua
valenciana hunde sus raíces en ese romance
anterior a Jaime I, conservado entre los mozárabes y utilizado también por
sectores de la población islamizada (muladíes) de origen hispanorromano. Las jarchas
vinculadas al ámbito cultural valenciano constituyen un temprano testimonio
poético de aquella realidad; y la traducción de los Fueros al romance en 1261,
su primer gran reconocimiento jurídico e institucional.
La romanización
de las tierras valencianas fue profunda. Durante siglos, el latín se convirtió
en la lengua común de la población. Pero no se trataba del latín literario de
Cicerón, sino del latín popular hablado por campesinos, artesanos, soldados,
comerciantes y marineros. Aquel latín vulgar fue evolucionando hasta
convertirse en romance.[1]
Los visigodos no
interrumpieron este proceso. Eran una minoría y adoptaron la lengua de la
población hispanorromana. Por eso, cuando los musulmanes llegaron a la
península en el siglo VIII no encontraron habitantes que hablaran el latín
clásico, sino comunidades que empleaban ya diferentes modalidades romances. Y en Valencia en ese siglo VIII había ya empezado a cuajar su propia variedad de romance: el romance valenciano.
La conquista
musulmana en el 711 sustituyó el poder político, pero no eliminó a la población
autóctona. Los conquistadores árabes y bereberes eran numéricamente muy
inferiores a los habitantes hispanorromanos manteniendo una relación porcentual de en torno al 10%. La islamización del responde la población hispanorromana fue gradual:
muchos se convirtieron al islam; otros mantuvieron su religión cristiana y
todos conservaron, en mayor o menor medida, costumbres, formas de vida y usos
lingüísticos heredados siendo, el romance valenciano, la lengua plana y popular de cohesión ética y religiosa.
El error
consiste en confundir islamización con arabización. Que una población
abrazara el islam no significa que abandonase su lengua materna.
Durante generaciones, el árabe convivió con formas romances: el primero
dominaba la religión, la administración y la alta cultura; el segundo podía
permanecer en la familia, el trabajo, las relaciones vecinales y la canción
popular.[2][3]
Balansiya no fue una excepción. Bajo su esplendor árabe continuaba latiendo la antigua Valentia. La ciudad cambió de gobernantes, de religión oficial y de cultura escrita, pero sus habitantes no fueron sustituídos. El pueblo permaneció y, con él, la lengua romance valenciana descendiente, desde el siglo V, del ocaso y rompimiento del latín.
Los mozárabes
fueron los cristianos que vivieron bajo dominio musulmán. Conservaron su
religión, sus comunidades, sus tradiciones y, durante siglos, hablas romances.
Su existencia demuestra que entre la Valencia visigoda y el Reino cristiano de
Valencia no se produjo necesariamente una ruptura humana.[2]
Francisco Javier
Simonet documentó la importancia de estas comunidades en la conservación de la
cultura hispanorromana. El arabista valenciano Julián Ribera advirtió, además,
que el romance valenciano no estuvo limitado a los cristianos: también fue utilizado por
sectores musulmanes descendientes de la población autóctona. Leopoldo Peñarroja
recuperó y desarrolló esta línea de investigación al estudiar específicamente
el mozárabe valenciano y sus relaciones con la lengua posterior.[3][4]
La expresión
«mozárabe valenciano» no debe entenderse como una lengua inmóvil e idéntica en
todos sus rasgos al valenciano del siglo XV. Ninguna lengua permanece congelada
durante siglos. Significa que en el territorio valenciano existió un romance
autóctono anterior a la conquista de Jaime I, nacido de la evolución local del
latín y sometido después al contacto prolongado con el árabe.
Negar toda preexistencia romance obliga a aceptar una secuencia históricamente extrema: que cinco siglos de dominio musulmán borraron completamente el romance; que la población valenciana abandonó por entero sus usos lingüísticos anteriores; que los mozárabes desaparecieron sin dejar huella y que, en 1238, una lengua llegada con una repoblación heterogénea sustituyó de manera rápida y uniforme a las anteriores, hasta alcanzar apenas un siglo y medio después uno de los periodos de mayor esplendor literario de toda la península: el Siglo de Oro valenciano. Esto resulta insostenible.
Las fuentes, la
demografía, la toponimia, las jarchas y la temprana legislación foral invitan a revisar semejante simplificación.
La prueba más
conmovedora de la supervivencia del romance andalusí son las jarchas: breves
estrofas romances colocadas al final de las moaxajas, composiciones cultas
escritas en árabe o hebreo durante los siglos XI y XII.[5]
En ellas habla
normalmente una muchacha que lamenta la ausencia del amado, confiesa su dolor o
pregunta a su madre y a sus hermanas qué debe hacer. Su lenguaje es sencillo,
directo y popular. Frente al refinamiento literario de la moaxaja, la jarcha
introduce la voz del pueblo.
Estas pequeñas
canciones poseen un valor histórico extraordinario porque fueron transcritas
mediante caracteres árabes o hebreos. Bajo una grafía semítica quedó preservada
una lengua romance que todavía no disponía de una tradición escrita
consolidada. Gracias a ellas podemos escuchar el eco de quienes hablaban
romance en al-Ándalus varios siglos antes de la conquista cristiana.
Las jarchas
demuestran tres hechos fundamentales. Primero, que el romance sobrevivió bajo
dominio musulmán. Segundo, que no era una lengua muerta, sino un vehículo vivo
de comunicación y emoción popular. Y tercero, que resultaba suficientemente
conocido por autores y oyentes de las moaxajas como para ser incorporado a
composiciones cultas.
Una lengua
extinguida no canta. Una lengua desconocida para el pueblo no cierra un poema.
Una lengua sin presencia social no se convierte en la voz íntima de sus
mujeres.
La filología
exige reconocer que no todas las jarchas pueden localizarse con absoluta
precisión. Tampoco debe sostenerse que su romance sea idéntico, sin evolución
alguna, al valenciano literario documentado dos o tres siglos después. Pero
estas cautelas no autorizan a expulsarlas de la historia lingüística
valenciana.
Valencia formaba
parte del Sharq al-Ándalus, uno de
los territorios culturalmente más brillantes del mundo andalusí. En Balansiya,
Denia, Xàtiva, Alcira, Morvedre y otros centros valencianos florecieron poetas, músicos y
hombres de letras. Autores como Ibn Jafaya de Alcira, Ibn al-Zaqqaq o
al-Russafí pertenecieron a aquel extraordinario universo literario oriental. La
poesía estrófica andalusí, las moaxajas y las canciones romances no fueron
fenómenos ajenos al ambiente cultural valenciano.[6]
Por eso cabe
emplear la expresión «jarchas valencianas» para aludir, con la debida
precisión, a las composiciones vinculadas al ámbito del Sharq al-Ándalus y al fondo romance existente en las tierras
valencianas. No porque poseamos el acta notarial del lugar exacto donde nació
cada verso, sino porque forman parte de la tradición cultural de la Valencia
andalusí.
Con frecuencia
se exige a la continuidad valenciana una prueba imposible que no se reclama
para otras lenguas medievales. La escasez documental se convierte
arbitrariamente en prueba de inexistencia. Pero las lenguas populares apenas se
escribían. La documentación conservó la voz de reyes, juristas, clérigos y
poetas cultos, no la conversación de los labradores, artesanos o mujeres del
pueblo.
Las jarchas son
excepcionales precisamente porque rompieron ese silencio. En ellas no habla la
cancillería ni la Iglesia. Habla la calle. Habla la mujer enamorada. Habla una
sociedad que nunca tuvo escribanos para dejar constancia cotidiana de su
lengua.
A las jarchas se
une la toponimia. Los nombres de lugares conservan la memoria lingüística del
territorio con una resistencia extraordinaria. Muchos topónimos valencianos de
origen latino o romance sobrevivieron bajo formas arabizadas y fueron
posteriormente readaptados al valenciano medieval.
Esta continuidad
resulta difícil de explicar mediante una sustitución total de la población. Los
conquistadores pueden imponer gobernantes, instituciones y lenguas de
prestigio, pero los nombres de los campos, ríos, montañas, caminos y
poblaciones suelen conservarse porque quienes habitan el territorio continúan
utilizándolos.
La toponimia
valenciana revela una superposición de estratos prerromanos, latinos, romances,
árabes y cristianos medievales. No refleja una sucesión de mundos
herméticamente separados, sino una continuidad humana sometida a
transformaciones sucesivas.
Los nombres
sobreviven porque sobrevive la memoria de quienes los pronuncian. Allí donde
permanece el topónimo permanece también la huella de una comunidad anterior.
La teoría de la
importación lingüística se ha apoyado principalmente en la repoblación
posterior a 1238. Sin embargo, el Llibre
del Repartiment registra concesiones de propiedades, no una sustitución
completa de habitantes ni un censo lingüístico del nuevo reino.
Antonio Ubieto destacó que los repobladores procedían de territorios diversos: Aragón, Cataluña, Navarra, Occitania, Castilla y otras regiones. No llegaron formando un bloque humano homogéneo ni hablando una única variedad lingüística. Además, recibir una donación no prueba necesariamente que su beneficiario se estableciera de manera definitiva.[7]
Resulta difícil
explicar que una repoblación heterogénea produjera por sí sola una lengua
valenciana relativamente cohesionada si no existía algún sustrato romance capaz
de integrar las aportaciones. Lo razonable, dentro de la tesis defendida, es
entender que los recién llegados influyeron sobre una realidad anterior,
reforzándola, transformándola y contribuyendo a su normalización escrita.
Jaime I no trajo
una lengua a una tierra muda: instituyó un nuevo reino cristisno sobre una sociedad que ya
poseía historia, memoria y formas propias de comunicación.
Uno de los
principales indicios de que en Valencia existía un romance socialmente
arraigado se encuentra en la propia legislación de Jaime I.
En 1261, apenas
veintitrés años después de la conquista de la ciudad, el monarca juró los
Fueros de Valencia y promovió su formulación romance para que pudieran ser
conocidos y entendidos por los habitantes del Reino.
Aquella decisión
no fue un gesto literario ni una simple concesión cultural. Respondía a una
necesidad práctica: el pueblo valenciano debía comprender las leyes por las que
iba a ser gobernado. El romance era, por tanto, una lengua socialmente
inteligible del Reino.
Los Fueros no
limitaron su utilización al texto legislativo. Ordenaron que los jueces
pronunciaran sus sentencias en romance:
«Los jutges en romanç diguen les sentències que
donaran.»
También
establecieron que médicos, físicos y cirujanos dictaran sus recetas en romance
y no en latín, para que pudieran ser comprendidas correctamente:
«Los metges, axí físichs com cirurgians, les
receptes que dictaran hajen a dictar en romanç e no en latí.»
El romance entró
así en el Derecho, la Justicia y la Medicina: en las leyes que regían el Reino,
en las sentencias que afectaban a la libertad y los bienes de las personas y en
las recetas de las que podía depender su vida.
Este hecho
plantea una pregunta difícil de eludir: ¿cómo pudo adquirir en tan breve plazo
semejante extensión social, precisión jurídica y capacidad institucional un
idioma supuestamente desconocido por la población y traído exclusivamente por
repobladores heterogéneos?
Para que Jaime I
ordenase emplearlo en materias tan delicadas debía ser suficientemente
comprendido por una parte significativa de los habitantes. La decisión de 1261
no tuvo por qué crear esa lengua: pudo reconocer y elevar institucionalmente
una realidad romance valenciano ya presente, al tiempo que la nueva organización política
contribuía a fijarla y transformarla.
La lengua plana
o romance fue elegida porque era una lengua que el pueblo podía entender. No
fue el Llibre del Repartiment el que
enseñó a hablar a los valencianos. Fue la necesidad de gobernar a una sociedad
real la que llevó al poder a redactar sus leyes, pronunciar sus sentencias y
dictar sus recetas en una forma lingüística comprensible.
El Reino de
Valencia nació jurídicamente con Jaime I, pero la tradición romance del
territorio era anterior. La oficialización de 1261 no fue la partida de
nacimiento de la lengua valenciana, sino su primer gran reconocimiento
institucional.
Entre las
jarchas de los siglos XI y XII y los Fueros en romance del siglo XIII existe
una secuencia histórica que merece ser considerada.
Las primeras
muestran el romance en la intimidad del pueblo: el amor, la ausencia, el dolor
y la canción. Los segundos lo muestran convertido en lengua del Derecho, de la
Justicia y de la Medicina. Las jarchas son la voz popular; los Fueros, su
consagración institucional.
No estamos
necesariamente ante fenómenos aislados, sino ante dos orillas de un proceso
posible. Antes de la conquista, el romance aparecía escondido bajo caracteres
árabes y hebreos. Después de ella, accedió a la escritura jurídica y a las
instituciones del nuevo Reino.
Lo que cambió en
1238 no fue la lengua del pueblo, sino el poder político y la
posición institucional de sus formas de habla. El romance que había sobrevivido
en la oralidad pudo ocupar entonces parte del espacio público anteriormente
reservado al árabe y al latín.
La conquista no
creó la voz: le proporcionó una nueva escritura y un nuevo marco jurídico.
La lengua
valenciana medieval fue el resultado de un largo proceso histórico. Procedía
del latín vulgar desarrollado en tierras valencianas; pudo sobrevivir bajo
dominio musulmán entre mozárabes y población hispanorromana islamizada (muladíes); convivió con el árabe;
recibió influencias de los repobladores y alcanzó, dentro del Reino de
Valencia, su plenitud jurídica, social y literaria.[4][10]
Afirmar esta
continuidad no significa negar las aportaciones posteriores a 1238. Significa
rechazar que tales aportaciones crearan la lengua valenciana La conquista
fue decisiva para la constitución política del Reino y para la consolidación legal del valenciano a través dels Furs, pero no representa, en absoluto, su nacimiento oral.
Las jarchas
vinculadas al ámbito valenciano pueden ser consideradas las primeras voces
conservadas de ese fondo romance prejaimino. No son todavía el valenciano de
Ausiàs March, Joanot Martorell o Isabel de Villena, del mismo modo que los
primeros romances castellanos no son todavía la lengua de Cervantes. Pero entre
aquellas voces y la literatura valenciana posterior puede reconocerse una
continuidad histórica que no debe descartarse únicamente porque incomode a
determinadas interpretaciones contemporáneas de signo nacionalista.
Las lenguas
cambian, se enriquecen y reciben influencias, pero también conservan una
memoria profunda. La lengua valenciana es fruto de Roma, de la sociedad
hispanorromana, de los mozárabes, de Balansiya, del contacto con el árabe y de
la nueva realidad política creada después de Jaime I.
Las jarchas
prueban que, mucho antes de que se escribieran los grandes textos valencianos,
en al-Ándalus había gentes que amaban, sufrían y cantaban en romance valenciano. Los
Fueros demuestran que, solamente veintitrés años después de la conquista, el
romance poseía la fuerza social necesaria para entrar en la legislación, la
justicia y la medicina valencianas.
Las jarchas
fueron su primera voz escrita. Los Fueros, su reconocimiento público.
El nuevo Reino cristiano de
Valencia nació en 1238. La lengua valenciana, no. Cuando Jaime I entró en la
ciudad, hacía siglos que sus habitantes habían transformado el latín de
Valentia en los romances de Balansiya. Y cuando en 1261 ordenó que las leyes,
las sentencias y las recetas se expresaran en lengua plana, no creó una nueva
lengua para los valencianos: reconoció una lengua que los valencianos podían
entender y hablar desde muchos siglos atrás.
[1] PENNY,
Ralph, A History of the Spanish Language,
2.ª ed., Cambridge, Cambridge University Press, 2002.
[2] SIMONET,
Francisco Javier, Historia de los
mozárabes de España, 4 vols., Madrid, Real Academia de la Historia,
1897-1903.
[3] RIBERA Y
TARRAGÓ, Julián, Disertaciones y
opúsculos, 2 vols., Madrid, Estanislao Maestre, 1928; CORRIENTE, Federico, Poesía dialectal árabe y romance en
Alandalús, Madrid, Gredos, 1997.
[4]
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de Valencia. Nuevas cuestiones de fonología mozárabe, Madrid, Gredos, 1990.
[5] STERN,
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Estudios y Publicaciones, 1965; CORRIENTE, Federico, Poesía dialectal árabe y romance en Alandalús, Madrid, Gredos,
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[6] RUBIERA
MATA, María Jesús, Literatura
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[7] UBIETO ARTETA, Antonio, Orígenes del Reino de Valencia. Cuestiones cronológicas sobre su reconquista, 2 vols., Zaragoza, Anubar, 1975-1979.
[8] BURNS,
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