18/08/2026

LA LENGUA VALENCIANA ANTES DE JAIME I . De las jarchas al romance de los Fueros

Juan García Sentandreu 

Director del Aula Colombina de la Real Academia de Cultura Valenciana RACV 














Resumen

Este artículo defiende la existencia de un sustrato romance autóctono en las tierras valencianas anterior a la conquista de Jaime I en 1238. Partiendo de la evolución territorial del latín vulgar, se analiza la continuidad de la población hispanorromana durante las épocas visigoda y andalusí, así como la conservación del romance entre comunidades mozárabes y sectores islamizados de origen autóctono. Las jarchas, incorporadas a moaxajas árabes y hebreas de los siglos XI y XII, se presentan como testimonios excepcionales de la supervivencia de una oralidad romance en el mundo andalusí y, particularmente, en el ámbito cultural del Sharq al-Ándalus. El estudio aborda también el valor de la toponimia, las limitaciones del Llibre del Repartiment como instrumento demográfico y lingüístico y la heterogeneidad de los repobladores llegados después de la conquista. Finalmente, se destaca la trascendencia de la versión romance de los Fueros valencianos y de las disposiciones que ordenaban emplear el romance en sentencias judiciales y recetas médicas. Se concluye que 1238 significó el nacimiento político del nuevo Reino cristiano de Valencia, pero no necesariamente el nacimiento oral de su lengua, cuya formación debe entenderse como un largo proceso de continuidad, contacto y transformación.

Palabras clave: lengua valenciana; romance valenciano; mozárabe valenciano; jarchas; Sharq al-Ándalus; Balansiya; Jaime I; Fueros de Valencia; lengua plana; repoblación medieval; Llibre del Repartiment; continuidad lingüística.

Introducción

El origen histórico de la lengua valenciana constituye una cuestión que no puede reducirse al fenómeno repoblador posterior a la conquista de Jaime I. La formación de una lengua romance es siempre el resultado de una evolución secular: comienza en el siglo V con la transformación territorial del latín vulgar, continúa mediante su transmisión oral y se enriquece a través del contacto con otras lenguas y culturas. Desde esta perspectiva, resulta difícil sostener que el romance valenciano apareciera súbitamente en 1238, desligado de la población y de la historia lingüística anterior del territorio.[1]

El presente artículo examina la continuidad entre el latín vulgar de la antigua Valentia, los romances hablados en la Balansiya andalusí y la lengua que, después de la conquista, alcanzó reconocimiento jurídico en el Reino de Valencia. Para ello se consideran conjuntamente la permanencia de la población hispanorromana, la existencia de comunidades mozárabes, el bilingüismo de sectores islamizados, el testimonio de las jarchas, la conservación de la toponimia, el alcance real de la repoblación y, especialmente, la temprana utilización del romance en los Fueros valencianos.

La tesis defendida es que la conquista de 1238 no creó una lengua inexistente, aunque sí modificó su marco político, demográfico y cultural. Las aportaciones aragonesas, catalanas, navarras, occitanas y castellanas influyeron indudablemente en su evolución, pero lo hicieron sobre un territorio que no carecía de tradición romance y con una lengua que era el resultado de siglos de evolución oral desde el rompimiento del latín en el siglo V. Las jarchas representan el testimonio poético de aquella oralidad romance valenciana prejaimina (Siglos IX  al XIII); la versión romance de los Fueros y las disposiciones sobre sentencias y recetas constituyen su primer gran reconocimiento jurídico e institucional.

La lengua valenciana no nació en 1238 al paso de los caballos de Jaime I. Cuando el rey conquistador entró en Valencia no encontró una tierra muda, despoblada ni lingüísticamente virgen. Encontró una sociedad antigua, heredera de Roma, enriquecida por siglos de civilización andalusí y habitada por musulmanes, cristianos y judíos que utilizaban el árabe, el hebreo y, sobre todo, el romance valenciano como lengua popular de cohesión  e integración.

La conquista de 1239 creó un nuevo reino cristiano y transformó sus instituciones, pero no pudo crear de la nada la lengua de todo un pueblo. Las lenguas no desembarcan formadas con los ejércitos ni nacen mediante un reparto de casas y heredades. Se forman durante siglos en la vida cotidiana: en los campos, en los mercados, en los hogares y en las canciones transmitidas de madres a hijas.

La lengua valenciana hunde sus raíces en ese romance anterior a Jaime I, conservado entre los mozárabes y utilizado también por sectores de la población islamizada (muladíes) de origen hispanorromano. Las jarchas vinculadas al ámbito cultural valenciano constituyen un temprano testimonio poético de aquella realidad; y la traducción de los Fueros al romance en 1261, su primer gran reconocimiento jurídico e institucional.

De Valentia a Balansiya: una población que no desapareció

La romanización de las tierras valencianas fue profunda. Durante siglos, el latín se convirtió en la lengua común de la población. Pero no se trataba del latín literario de Cicerón, sino del latín popular hablado por campesinos, artesanos, soldados, comerciantes y marineros. Aquel latín vulgar fue evolucionando hasta convertirse en romance.[1]

Los visigodos no interrumpieron este proceso. Eran una minoría y adoptaron la lengua de la población hispanorromana. Por eso, cuando los musulmanes llegaron a la península en el siglo VIII no encontraron habitantes que hablaran el latín clásico, sino comunidades que empleaban ya diferentes modalidades romances. Y en Valencia en ese siglo VIII había ya empezado a cuajar su propia variedad de romance: el romance valenciano.

La conquista musulmana en el 711 sustituyó el poder político, pero no eliminó a la población autóctona. Los conquistadores árabes y bereberes eran numéricamente muy inferiores a los habitantes hispanorromanos manteniendo una relación porcentual de en torno al 10%. La islamización del responde la población  hispanorromana fue gradual: muchos se convirtieron al islam; otros mantuvieron su religión cristiana y todos conservaron, en mayor o menor medida, costumbres, formas de vida y usos lingüísticos heredados siendo, el romance valenciano, la lengua plana y popular de cohesión ética y religiosa.

El error consiste en confundir islamización con arabización. Que una población abrazara el islam no significa que abandonase su lengua materna. Durante generaciones, el árabe  convivió con formas romances: el primero dominaba la religión, la administración y la alta cultura; el segundo podía permanecer en la familia, el trabajo, las relaciones vecinales y la canción popular.[2][3]

Balansiya no fue una excepción. Bajo su esplendor árabe continuaba latiendo la antigua Valentia. La ciudad cambió de gobernantes, de religión oficial y de cultura escrita, pero sus habitantes no fueron sustituídos. El pueblo permaneció y, con él, la lengua romance valenciana descendiente, desde el siglo V, del  ocaso y rompimiento del latín.

Los mozárabes valencianos: custodios del romance

Los mozárabes fueron los cristianos que vivieron bajo dominio musulmán. Conservaron su religión, sus comunidades, sus tradiciones y, durante siglos, hablas romances. Su existencia demuestra que entre la Valencia visigoda y el Reino cristiano de Valencia no se produjo necesariamente una ruptura humana.[2]

Francisco Javier Simonet documentó la importancia de estas comunidades en la conservación de la cultura hispanorromana. El arabista valenciano Julián Ribera advirtió, además, que el romance valenciano no estuvo limitado a los cristianos: también fue utilizado por sectores musulmanes descendientes de la población autóctona. Leopoldo Peñarroja recuperó y desarrolló esta línea de investigación al estudiar específicamente el mozárabe valenciano y sus relaciones con la lengua posterior.[3][4]

La expresión «mozárabe valenciano» no debe entenderse como una lengua inmóvil e idéntica en todos sus rasgos al valenciano del siglo XV. Ninguna lengua permanece congelada durante siglos. Significa que en el territorio valenciano existió un romance autóctono anterior a la conquista de Jaime I, nacido de la evolución local del latín y sometido después al contacto prolongado con el árabe.

Negar toda preexistencia romance obliga a aceptar una secuencia históricamente extrema: que cinco siglos de dominio musulmán borraron completamente el romance; que la población valenciana abandonó por entero sus usos lingüísticos anteriores; que los mozárabes desaparecieron sin dejar huella y que, en 1238, una lengua llegada con una repoblación heterogénea sustituyó de manera rápida y uniforme a las anteriores, hasta alcanzar apenas un siglo y medio después uno de los periodos de mayor esplendor literario de toda la península: el Siglo de Oro valenciano. Esto resulta insostenible.

Las fuentes, la demografía, la toponimia, las jarchas y la temprana legislación foral invitan a revisar semejante simplificación.

Las jarchas: el romance que consiguió sobrevivir por escrito

La prueba más conmovedora de la supervivencia del romance andalusí son las jarchas: breves estrofas romances colocadas al final de las moaxajas, composiciones cultas escritas en árabe o hebreo durante los siglos XI y XII.[5]

En ellas habla normalmente una muchacha que lamenta la ausencia del amado, confiesa su dolor o pregunta a su madre y a sus hermanas qué debe hacer. Su lenguaje es sencillo, directo y popular. Frente al refinamiento literario de la moaxaja, la jarcha introduce la voz del pueblo.

Estas pequeñas canciones poseen un valor histórico extraordinario porque fueron transcritas mediante caracteres árabes o hebreos. Bajo una grafía semítica quedó preservada una lengua romance que todavía no disponía de una tradición escrita consolidada. Gracias a ellas podemos escuchar el eco de quienes hablaban romance en al-Ándalus varios siglos antes de la conquista cristiana.

Las jarchas demuestran tres hechos fundamentales. Primero, que el romance sobrevivió bajo dominio musulmán. Segundo, que no era una lengua muerta, sino un vehículo vivo de comunicación y emoción popular. Y tercero, que resultaba suficientemente conocido por autores y oyentes de las moaxajas como para ser incorporado a composiciones cultas.

Una lengua extinguida no canta. Una lengua desconocida para el pueblo no cierra un poema. Una lengua sin presencia social no se convierte en la voz íntima de sus mujeres.

¿Por qué podemos hablar de jarchas valencianas?

La filología exige reconocer que no todas las jarchas pueden localizarse con absoluta precisión. Tampoco debe sostenerse que su romance sea idéntico, sin evolución alguna, al valenciano literario documentado dos o tres siglos después. Pero estas cautelas no autorizan a expulsarlas de la historia lingüística valenciana.

Valencia formaba parte del Sharq al-Ándalus, uno de los territorios culturalmente más brillantes del mundo andalusí. En Balansiya, Denia, Xàtiva, Alcira, Morvedre y otros centros valencianos florecieron poetas, músicos y hombres de letras. Autores como Ibn Jafaya de Alcira, Ibn al-Zaqqaq o al-Russafí pertenecieron a aquel extraordinario universo literario oriental. La poesía estrófica andalusí, las moaxajas y las canciones romances no fueron fenómenos ajenos al ambiente cultural valenciano.[6]

Por eso cabe emplear la expresión «jarchas valencianas» para aludir, con la debida precisión, a las composiciones vinculadas al ámbito del Sharq al-Ándalus y al fondo romance existente en las tierras valencianas. No porque poseamos el acta notarial del lugar exacto donde nació cada verso, sino porque forman parte de la tradición cultural de la Valencia andalusí.

Con frecuencia se exige a la continuidad valenciana una prueba imposible que no se reclama para otras lenguas medievales. La escasez documental se convierte arbitrariamente en prueba de inexistencia. Pero las lenguas populares apenas se escribían. La documentación conservó la voz de reyes, juristas, clérigos y poetas cultos, no la conversación de los labradores, artesanos o mujeres del pueblo.

Las jarchas son excepcionales precisamente porque rompieron ese silencio. En ellas no habla la cancillería ni la Iglesia. Habla la calle. Habla la mujer enamorada. Habla una sociedad que nunca tuvo escribanos para dejar constancia cotidiana de su lengua.

La toponimia: una memoria que ninguna conquista pudo borrar

A las jarchas se une la toponimia. Los nombres de lugares conservan la memoria lingüística del territorio con una resistencia extraordinaria. Muchos topónimos valencianos de origen latino o romance sobrevivieron bajo formas arabizadas y fueron posteriormente readaptados al valenciano medieval.

Esta continuidad resulta difícil de explicar mediante una sustitución total de la población. Los conquistadores pueden imponer gobernantes, instituciones y lenguas de prestigio, pero los nombres de los campos, ríos, montañas, caminos y poblaciones suelen conservarse porque quienes habitan el territorio continúan utilizándolos.

La toponimia valenciana revela una superposición de estratos prerromanos, latinos, romances, árabes y cristianos medievales. No refleja una sucesión de mundos herméticamente separados, sino una continuidad humana sometida a transformaciones sucesivas.

Los nombres sobreviven porque sobrevive la memoria de quienes los pronuncian. Allí donde permanece el topónimo permanece también la huella de una comunidad anterior.

El Llibre del Repartiment no es una partida de nacimiento

La teoría de la importación lingüística se ha apoyado principalmente en la repoblación posterior a 1238. Sin embargo, el Llibre del Repartiment registra concesiones de propiedades, no una sustitución completa de habitantes ni un censo lingüístico del nuevo reino.

Antonio Ubieto destacó que los repobladores procedían de territorios diversos: Aragón, Cataluña, Navarra, Occitania, Castilla y otras regiones. No llegaron formando un bloque humano homogéneo ni hablando una única variedad lingüística. Además, recibir una donación no prueba necesariamente que su beneficiario se estableciera de manera definitiva.[7]

Resulta difícil explicar que una repoblación heterogénea produjera por sí sola una lengua valenciana relativamente cohesionada si no existía algún sustrato romance capaz de integrar las aportaciones. Lo razonable, dentro de la tesis defendida, es entender que los recién llegados influyeron sobre una realidad anterior, reforzándola, transformándola y contribuyendo a su normalización escrita.

Jaime I no trajo una lengua a una tierra muda: instituyó un nuevo reino cristisno sobre una sociedad que ya poseía historia, memoria y formas propias de comunicación.

La prueba jurídica de 1261: la lengua que entendía el pueblo

Uno de los principales indicios de que en Valencia existía un romance socialmente arraigado se encuentra en la propia legislación de Jaime I.

En 1261, apenas veintitrés años después de la conquista de la ciudad, el monarca juró los Fueros de Valencia y promovió su formulación romance para que pudieran ser conocidos y entendidos por los habitantes del Reino.

Aquella decisión no fue un gesto literario ni una simple concesión cultural. Respondía a una necesidad práctica: el pueblo valenciano debía comprender las leyes por las que iba a ser gobernado. El romance era, por tanto, una lengua socialmente inteligible del Reino.

Los Fueros no limitaron su utilización al texto legislativo. Ordenaron que los jueces pronunciaran sus sentencias en romance:

«Los jutges en romanç diguen les sentències que donaran.»

También establecieron que médicos, físicos y cirujanos dictaran sus recetas en romance y no en latín, para que pudieran ser comprendidas correctamente:

«Los metges, axí físichs com cirurgians, les receptes que dictaran hajen a dictar en romanç e no en latí.»

El romance entró así en el Derecho, la Justicia y la Medicina: en las leyes que regían el Reino, en las sentencias que afectaban a la libertad y los bienes de las personas y en las recetas de las que podía depender su vida.

Este hecho plantea una pregunta difícil de eludir: ¿cómo pudo adquirir en tan breve plazo semejante extensión social, precisión jurídica y capacidad institucional un idioma supuestamente desconocido por la población y traído exclusivamente por repobladores heterogéneos?

Para que Jaime I ordenase emplearlo en materias tan delicadas debía ser suficientemente comprendido por una parte significativa de los habitantes. La decisión de 1261 no tuvo por qué crear esa lengua: pudo reconocer y elevar institucionalmente una realidad romance valenciano ya presente, al tiempo que la nueva organización política contribuía a fijarla y transformarla.

La lengua plana o romance fue elegida porque era una lengua que el pueblo podía entender. No fue el Llibre del Repartiment el que enseñó a hablar a los valencianos. Fue la necesidad de gobernar a una sociedad real la que llevó al poder a redactar sus leyes, pronunciar sus sentencias y dictar sus recetas en una forma lingüística comprensible.

El Reino de Valencia nació jurídicamente con Jaime I, pero la tradición romance del territorio era anterior. La oficialización de 1261 no fue la partida de nacimiento de la lengua valenciana, sino su primer gran reconocimiento institucional.

De las jarchas a los Fueros

Entre las jarchas de los siglos XI y XII y los Fueros en romance del siglo XIII existe una secuencia histórica que merece ser considerada.

Las primeras muestran el romance en la intimidad del pueblo: el amor, la ausencia, el dolor y la canción. Los segundos lo muestran convertido en lengua del Derecho, de la Justicia y de la Medicina. Las jarchas son la voz popular; los Fueros, su consagración institucional.

No estamos necesariamente ante fenómenos aislados, sino ante dos orillas de un proceso posible. Antes de la conquista, el romance aparecía escondido bajo caracteres árabes y hebreos. Después de ella, accedió a la escritura jurídica y a las instituciones del nuevo Reino.

Lo que cambió en 1238 no fue la lengua del pueblo, sino el poder político y la posición institucional de sus formas de habla. El romance que había sobrevivido en la oralidad pudo ocupar entonces parte del espacio público anteriormente reservado al árabe y al latín.

La conquista no creó la voz: le proporcionó una nueva escritura y un nuevo marco jurídico.

La continuidad negada

La lengua valenciana medieval fue el resultado de un largo proceso histórico. Procedía del latín vulgar desarrollado en tierras valencianas; pudo sobrevivir bajo dominio musulmán entre mozárabes y población hispanorromana islamizada (muladíes); convivió con el árabe; recibió influencias de los repobladores y alcanzó, dentro del Reino de Valencia, su plenitud jurídica, social y literaria.[4][10]

Afirmar esta continuidad no significa negar las aportaciones posteriores a 1238. Significa rechazar que tales aportaciones crearan la lengua valenciana La conquista fue decisiva para la constitución política del Reino y para la consolidación legal del valenciano a través dels Furs, pero no representa, en absoluto, su nacimiento oral.

Las jarchas vinculadas al ámbito valenciano pueden ser consideradas las primeras voces conservadas de ese fondo romance prejaimino. No son todavía el valenciano de Ausiàs March, Joanot Martorell o Isabel de Villena, del mismo modo que los primeros romances castellanos no son todavía la lengua de Cervantes. Pero entre aquellas voces y la literatura valenciana posterior puede reconocerse una continuidad histórica que no debe descartarse únicamente porque incomode a determinadas interpretaciones contemporáneas de signo nacionalista.

Las lenguas cambian, se enriquecen y reciben influencias, pero también conservan una memoria profunda. La lengua valenciana es fruto de Roma, de la sociedad hispanorromana, de los mozárabes, de Balansiya, del contacto con el árabe y de la nueva realidad política creada después de Jaime I.

Las jarchas prueban que, mucho antes de que se escribieran los grandes textos valencianos, en al-Ándalus había gentes que amaban, sufrían y cantaban en romance valenciano. Los Fueros demuestran que, solamente veintitrés años después de la conquista, el romance poseía la fuerza social necesaria para entrar en la legislación, la justicia y la medicina valencianas.

Las jarchas fueron su primera voz escrita. Los Fueros, su reconocimiento público.

El nuevo Reino cristiano de Valencia nació en 1238. La lengua valenciana, no. Cuando Jaime I entró en la ciudad, hacía siglos que sus habitantes habían transformado el latín de Valentia en los romances de Balansiya. Y cuando en 1261 ordenó que las leyes, las sentencias y las recetas se expresaran en lengua plana, no creó una nueva lengua para los valencianos: reconoció una lengua que los valencianos podían entender y hablar desde muchos siglos atrás.

Referencias

[1] PENNY, Ralph, A History of the Spanish Language, 2.ª ed., Cambridge, Cambridge University Press, 2002.

[2] SIMONET, Francisco Javier, Historia de los mozárabes de España, 4 vols., Madrid, Real Academia de la Historia, 1897-1903.

[3] RIBERA Y TARRAGÓ, Julián, Disertaciones y opúsculos, 2 vols., Madrid, Estanislao Maestre, 1928; CORRIENTE, Federico, Poesía dialectal árabe y romance en Alandalús, Madrid, Gredos, 1997.

[4] PEÑARROJA TORREJÓN, Leopoldo, El mozárabe de Valencia. Nuevas cuestiones de fonología mozárabe, Madrid, Gredos, 1990.

[5] STERN, Samuel Miklos, Les chansons mozarabes, Palermo, 1953; GARCÍA GÓMEZ, Emilio, Las jarchas romances de la serie árabe en su marco, Madrid, Sociedad de Estudios y Publicaciones, 1965; CORRIENTE, Federico, Poesía dialectal árabe y romance en Alandalús, Madrid, Gredos, 1997.

[6] RUBIERA MATA, María Jesús, Literatura hispanoárabe, Madrid, Mapfre, 1992; BARCELÓ TORRES, Carmen, Minorías islámicas en el País Valenciano. Historia y dialecto, Valencia, Universidad de Valencia–Instituto Hispano-Árabe de Cultura, 1984.

[7] UBIETO ARTETA, Antonio, Orígenes del Reino de Valencia. Cuestiones cronológicas sobre su reconquista, 2 vols., Zaragoza, Anubar, 1975-1979.

[8] BURNS, Robert Ignatius, Islam under the Crusaders: Colonial Survival in the Thirteenth-Century Kingdom of Valencia, Princeton, Princeton University Press, 1973.

Bibliografía

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BURNS, Robert Ignatius, Medieval Colonialism: Postcrusade Exploitation of Islamic Valencia, Princeton, Princeton University Press, 1975.

CORRIENTE, Federico, Poesía dialectal árabe y romance en Alandalús, Madrid, Gredos, 1997.

EPALZA, Míkel de, «Obispos —¿mozárabes o neomozárabes?— en Albarracín y Valencia en tiempos del Cid, en su contexto islamocristiano», Encuentro Islamo-Cristiano, núm. 395.

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